Estaba
en el cielo. O eso era lo que parecía. El sol parecía dorado, los
árboles eran verdes brillantes y estaba repleto de colores dorados.
Yo estaba corriendo, mientras alguien me perseguía. Pero yo reía, y mi perseguidor también. Seguía corriendo. Él empezó a acelerar el paso así que
yo acelere también. Y él, nuevamente, empezó a reírse.
-No
podrás correr, Ana. Siempre te encontraré.-dijo el mientras un
sentimiento desconocido se apropiaba de mi y una mano cogía la mía.
El
ruidoso despertador retumba en mi cabeza como un martillo mientras yo
gruño y me tapo la cabeza con la almohada.
Otro sueño. Otra noche
igual.
Todas las noches son así. Sueños extraños que parecen
recortes de películas. No se exactamente cuando empezó esto, ya que
recuerdo un sueño que tuve con nueve años así que es posible que
también haya tenido sueños antes. Mi perseguidor empezó a salir en mis sueños
hace dos meses. En casi todos los sueños está persiguiéndome, y yo huyendo de él. Pero nunca recuerdo su
rostro. Intento hacerlo pero cuando lo intento todo se vuelve
borroso.
-¿Ana,
te has levantado?-grita mi madre desde abajo
Cierto.
El instituto. Ese edificio mundano en el que se aprende cosas. Pero digamos que ese edificio horroroso no tiene nada que enseñarme. Por decirlo así, ya las sé.
Es algo curioso. Más bien algo friki.
Es como sí tuviese una Wikipedia en mi cabeza. No hace falta que
este atenta en clase, ni que estudie, es como sí todas las
respuestas que necesito aparecieran por arte de magia en mi cabeza. Según dicen mis profesores yo ya debería haber terminado la universidad con mis conocimientos. Pero a pesar de todos los intentos, sigo yendo al instituto. No quiero ser otro bicho raro en la universidad.
Ya tengo bastante con ser la friki de mi instituto. Lo gracioso de mi situación es que mi hermana es la más
popular del instituto.
Pura ironía, mi vida.
Ella ha tenido más
novios que nadie. Nunca está soltera. Todas las del instituto cuando
ella pasa le miran como sí fuera una diosa, como sí desearán con
toda su alma ser ella. La idolatran. Los chicos la miran como si estuviesen desnudándola en su mente.
Y para ella, tener a un bicho raro como hermana, es como una pesadilla sin despertar.
Puedo vivir con eso.
-¡Ana!
Como no estés abajo en menos de diez minutos no habrá desayuno para
ti, ¿me oyes?
Me
levanto a regañadientes y me visto. Me cepillo el pelo como puedo, cojo la mochila y abro la puerta.
Hay
mucho ruido proveniente de la cocina, como todas y cada una de las
mañanas. Ya se escucha la voz de mi hermana quejándose de que el
pantalón que lleva no es corto, y a mi madre contestándole que lo
es. Como todos los días. Y el sermón de mi hermana sobre la
indumentaria de los adolescentes atractivos que tienen mucha vida
social empieza.
Mi padre está sentado en la mesa, tapado por el
periódico. Seguramente está fingiendo que está leyendo el
periódico para que mi madre no le meta en la discusión. En eso
estoy con él.
Me deslizo en la cocina y cojo unas cuantas tostadas
y un poco de café y me siento en la mesa.
-Mira
a tu hermana. Ella no ella esa ropa que llevas.-dice mi madre
señalándome con el dedo.
-Pero
ella es una marginada social, mamá. ¿No la ves? -intento no darme por aludida.-Ella no tiene
amigos, yo sí. Y muchos. No me puedes comparar con Ana, mamá. Eso
sería caer muy bajo.
Ya
está. La cosa que faltaba en mi rutina. El insulto de mi hermana. Ya
tengo la mañana completa.
Hago
lo que normalmente hago, fingir que no escucho nada y seguir
desayunando. Termino de desayunar y mi hermana y mi madre siguen
peleándose por el armario de mi hermana y ahora por culpa de mi
madre se había tenido que entrometer mi padre. Miro el reloj.
Todavía falta más de cuarenta y cinco minutos para el instituto.
Pero yo no duro cinco minutos más aquí. Me cuelgo la mochila al
hombro y me alejo de la cocina.
Me acerco a la puerta y me doy la vuelta para despedirme, pero todos están enfrascados en una conversación a gritos y nadie repara en mí. No puedo apartar la mirada hasta unos instantes después. Ellos parecen tan...normales. Una simple pelea familiar. Yo nunca he tenido eso. Suspiro y cierro la puerta, dejando atrás los gritos de la cocina.
Exactamente no sé a donde ir. Otra cosa en mi asquerosa rutina. El instituto está lejos de mi casa, así que se tarda media hora andando. Y aunque se tarda diez minutos en coche yo siempre voy andando, a pesar de las continuas charlas en las que mi madre dice que puede llevarme. Aunque yo se perfectamente que no estaría muy feliz si lo hiciera.
Empiezo
a caminar y no puedo evitar mirar a mi alrededor. Mi calle se compone de dos filas de
casas muy similares unas de otras. Con su típico césped impoluto y
su coche aparcado delante. Cada tres metros en la acera aparece un
árbol, que seguramente pusieron para darle decorar la aburrida
calle. Hay muchos coches aparcados en la acera y eso hace que el aire
se vuelva más pesado. ¿Porqué necesita la gente tantos coches?
Bajo la vista a mis zapatillas y al suelo. Mis viejas zapatillas
hacen un extraño ruido al chocar con el suelo. Mi madre ha intentado
un millón de veces convencerme de que me comprará los zapatos que
quiera, pero nunca lo logra. Están ya algo rayadas y gastadas pero
me gusta. Se siente mío, es algo que realmente me pertenece.
¿Dónde
estás? Un susurro se queda
disuelto en el aire como si viniera de mi espalda y me doy la vuelta.
Sólo está uno de esos árboles deprimentes. ¿Qué ha sido
eso?
Miro al porche de la casa que está enfrente pero está
desierta. No hay nadie.
-Perfecto, ahora imagino cosas.
Al
doblar la calle ya se escucha el bullicio que el instituto desprende.
Los populares y guapos del instituto son los únicos que están
afuera esperando hasta que toque el timbre y entren para no hacer
nada. Vislumbro a mi hermana rodeada por un círculo de gente
mientras James Botton la agarra de la cintura. Es su novio de
ahora, el capitán del equipo de fútbol. Creo que esta es la cuarta
vez que salen. Nuevamente no durarán ni una semana.
Me
voy hacia la puerta y entro. Los pasillos están abarrotados y hay
mucho ruido. Grititos de chicas porque no se quién las besó el otro
día, risas de chicos que se ríen por no sé qué tontería,
conversaciones incoherentes... Intento volverme sorda y llegar a mi
taquilla sin tener que enterarme de todo lo que les pasó en el fin
de semana. Me golpeo la cabeza contra la taquilla y me intento
tranquilizar. “No sé qué demonios estoy haciendo aquí.”
Respiro lentamente y abro la taquilla.
¿Quién
eres?
Los
libros que tenía en la mano se me caen, golpeando fuertemente el
suelo. Escucho algunas risas a mi espalda pero después todos vuelven a la normalidad.
Parece un susurro rodeado de un sonido metálico,
como si fuese el filo de una cuchilla arrastrándose por piedra. Era
la misma voz de antes. Respiro lentamente y empiezo a analizar: es
una voz de hombre, joven. Pero no es ninguna voz de alguien que
conozca. Pero la he escuchado en algún sitio.
“¿Quién
eres tú?” pensé, deseando que alguien me contestara. Nadie lo hizo.
El
timbre sonó y todos entramos cabizbajos en nuestras respectivas
clases. Ahora tenía Cultura antigua. Así que entre en la clase y me
senté en la última fila al lado de la ventana. Los demás alumnos
entraron en clase y se sentaron en sus sitios sin ni siquiera mirar a
la chica del final que los miraba. Mejor así. Elisa Mcdonell se
sienta a mi lado como de costumbre y me sonríe.
-Hola.
Sonrió
y le devuelvo el “hola”. Elisa es una especie de empollona que
le cuesta estudiar que se sienta a mi lado para ver si así le
traspaso la inteligencia o aprende de mi o algo así. No la comprendo, pero es
simpática.
El
profesor entra, corriendo como siempre, saluda torpemente y empieza
la clase. Todo el mundo saca sus cuadernos y sus libros y yo saco mi
cuaderno de dibujo. Vuelvo a recordar el bosque dorado y lo dibujo
intentando hacer los más minuciosos detalles. Cuando termino, me
quedo mirando el dibujo. No sé porqué siempre hago esto. Después
de un sueño lo dibujo y me quedo mirándolo como si todas las
respuestas de mis preguntas aparecieran, pero nunca ocurre. Cierro el
cuaderno y miro por la ventana. Los coches de los profesores están
perfectamente alineados en sus respectivas plazas de aparcamiento.
Que hermoso.
Suena
el timbre que dice que es hora de comer y salgo fuera. Me siento en
un banco algo oxidado y saco mi cuaderno de dibujo. Intento pensar en
cómo era el rostro de mi perseguidor rostro y empiezo a dibujar. El contorno de la cara no encaja con la forma de sus ojos. Así no es. Arranco la hoja violentamente y la tiro.
-¿Porqué
no te recuerdo?
Me
restriego la cara con las manos y apoyo la cabeza en las rodillas. No
entiendo como puedo recordar hasta la forma de las hojas pero no
puedo recordar un misero rostro. Es frustrante.
Cierro los ojos y me apoyo en el respaldo del banco.
Tal vez lo mejor que tengo
que hacer es olvidarlo. Son solo sueños, al fin y al cabo. Cojo de
nuevo el cuaderno y empiezo a dibujar todo lo que tengo delante:
habrá unos cientos o por esa cantidad de coches, unos más baratos,
otros más caros; otros más viejos, otros más nuevos, unos cuantos
árboles que tienen el tronco pintado con grafitis en los que se
revelan contra el instituto y los profesores, y no mucho más. Me río
cuando me doy cuenta de que en uno de los grafitis está dibujada mi
hermana pero desnuda y caracterizada. “Cuanta imaginación”.
Me
vuelvo a reír más fuerte pero paro, el árbol donde antes estaba mi hermana ahora parece un borrón de colores. Siento que mi peso a disminuido y me agarro al banco
con las dos manos. Cierro los ojos y respiro lentamente pero todavía
siento como si mi cuerpo se estuviese moviendo, hasta que ya no
siento nada.
La tan famosa taberna 'El cuerno' ahora era el campo de batalla de los continuos borrachos que acababan olvidando su nombre a la décima copa. Pero, ¿acaso no todo el mundo quería olvidar su nombre? Las personas sin rango ni futuro se ocultaban en los sitios más inmundos; y las personas que lo tenían se peleaban entre sí. Ese no era un buen año. Como los dieciséis años pasados. Ya nada crecía ni fertilizaba, muchos lagos se habían secado, y el número de muertos subía cada vez más. Muchos acababan con sus vidas por la locura de la espera. El bello reino ahora era un caos sumido en la desesperación. Sólo quedaba una débil luz que los iluminaba, la esperanza. Y el pensamiento de que tal vez ya quedaba menos para lo que se avecinaba, la Llamada.
Me
despierto gritando tirada encima del banco que hay a la salida del
instituto. Mi pulso va a cien por hora y mi respiración igual así
que intento respirar más lento, pero no disminuye porque no puedo
respirar. Intento buscar aire pero no encuentro nada. Me agarro
fuertemente al banco porque todo vuelve a moverse. “Ana, respira.
Sería muy patético morirse ahogada encima del banco del instituto”
Mi cuerpo empieza a temblar y el miedo me acorrala. Tengo que
respirar. Mi visión empieza a oscurecerse y mi pulso baja a presión.
Mis ojos pesan toneladas y noto que me desvanezco, de nuevo.
Aparezco
en un lago, en el bosque dorado. El agua es cristalina, tan
cristalina que parece un espejo. Me acerco al agua y veo un reflejo
en ella. Es una chica. Su pelo castaño tiene reflejos dorados,
cayendo sobre sus hombros como una cascada. Es alta y su cuerpo es
atlético, además es hermosa. Tiene un extraño traje negro lleno de sangre con un
cinturón del que cuelga una espada y cuchillos. Pero lo peor son los
ojos. Son marrones claros, increíblemente hermosos, pero una aura
dorada contrarresta el marrón. Es como si fuesen dorados. El color
del sol fundido con el color de la tierra. Tiene una herida en la mejilla y la sangre gotea sobre su traje. Noto como algo empieza a
deslizarse por mi cuello y alargo la mano para quitarlo. Mi mano está
roja. “No puede ser” Miro hacia mi ropa y está llena de sangre.
Las manos y las piernas me empiezan a doler y me siento rara. Una
sensación rara me acorrala y pienso que es la muerte. No. No puedo
respirar. Me desmayo sobre el suelo y mis pulmones explotan. No soy
yo. Alguien grita mi nombre y veo una sombra sobre mi. “No, no, una
sombra no...”
-Ana.-susurra.
Sé
que es él. ¿Qué haces aquí?
-Ana.
Vamos, respira.-grita desesperado.-Vamos, Ana. No puedes irte así.
No antes de que yo...
Mis
oídos explotan.
-Ana...spira....
No
puedo
-Ana,
vive por mí.
Respiro.
*
La
enfermería parece ser una sala con una camilla, dos sillas, y muchos
estantes. Nada más. Bueno, también hay una enfermera. La enfermera
Calder. Una mujer joven que parece ser una modelo pero con depresión.
Me habla pero yo me he quedado sorda. “Vive por mí”. Esa frase se repite una y otra vez en mi cabeza.
Lo he
hecho. He vuelto a respirar. Ha sido como si de repente todo el aire
que antes había desaparecido volviera.
La enfermera me da señales
de que apoye la cabeza en la pared, así hago y cierro los ojos.
Intento dejar mi mente en blanco pero no puedo. He estado apunto de
morirme, no puedo dejar la mente así. “Apunto de morir...”
-Ana, ¿cómo te encuentras?
Me
sobresalto y abro los ojos. No sabía que seguía ahí.
-Mejor, creo.
La enfermera Calder sonríe, está blanca como la pared.
-He
llamado a tu madre. Ella vendrá dentro de poco a recogerte.
Suspiro
y asiento mientras susurro un “gracias” que al parecer no escucha
y se va. Me quedo sola. La cabeza me empieza a doler y vuelvo a
cerrar los ojos. “¿Qué me está pasando?”
-Ana.
Vamos. Despierta.
Abro
los ojos y me encuentro cara a cara con el rostro preocupado de mi
madre.
-Hola,
mamá.
Mi
madre suspira y me abraza.
-Me
he asustado. Me han dicho que llegaste a la enfermería como si
estuvieses medio muerta. La enfermera se asustó porque pensaba que
te estabas muriendo.
Dejo de abrazarla y me echo hacia atrás.
-¿Muriendo?
-Si,
cariño. ¿Qué te ha pasado?-me pasa las manos por las mejillas y
veo que está casi llorando.-La enfermera me dijo que estabas pálida
como la pared y que te desmayaste.
Frunzo el ceño en un vano intento de recordar pero sólo recuerdo el sueño, y la luz que vino cuando éste terminó.
-No
recuerdo...
Mi
madre me mira y me vuelve a abrazar.
-No
te preocupes. Vamos a casa y descansas y verás como te recuperas.
Asiento
y sonrío, aunque sé perfectamente que dormir solo hará que
empeore.
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