El
rey apretó fuertemente los puños y dejó que el dolor le atravesara
el cuerpo. Los gritos en la habitación continua no cesaban, y él
gritaba por dentro. ¿Cuándo acabaría esto? Su corazón latía a
una velocidad inimaginable mientras los minutos pasaban. El rey se
centró en respirar lentamente, controlando cada exhalación,
contando cada respiración. Debía relajarse.
Los
gritos cesaron, y el rey dejó de respirar por un minuto. Abrió la
puerta rápidamente, y allí se encontraba su esposa. Pálida como la
cal, cubierta de sudor, mientras sonreía a un bulto que sostenía
entre los brazos. El rey se quedó de piedra, mientras observaba. Su
esposa levantó la cabeza y vio que estaba llorando, a pesar de
sonreír. El rey caminó velozmente y se arrodilló al lado de su
esposa.
-Es
una niña.-susurró Elisa, riendo.
Bajó
la vista hacia el bulto que sostenía Elisa y se quedó nuevamente de
piedra. Era el ser más hermoso que había visto. Tenía una cara
algo regordeta y muy pálida, unos labios finos increíblemente
rosados y unos ojos marrones que parecían dorados. Y ella le miraba.
Sus ojos dorados le perforaban el alma mientras unas lágrimas
cayeron de sus ojos. El rey empezó a reírse fuertemente mientras
más lágrimas caían. Se agachó hasta su hija, le apartó mechones
marrones de pelo mientras le besaba la frente.
-Edward,
- el rey se giró y vio que el rostro de su esposa estaba repleto de
lágrimas, también- es hermosa.
El
rey asintió y sonrió, acariciando el rostro de Elisa.
-Ella
no puede morir. Y menos a mano de...-Elisa comenzó nuevamente a
llorar y el rey la abrazó.
-No
le va a pasar nada. Antes moriré yo mismo.
-Pero...la
Profecía.-susurró Elisa.
El
rey miró a su hija y se limpió las lágrimas.
-Si
alguien tiene que morir, será la hija de la oscuridad. No mi hija.
Apurando
el poco tiempo que quedaba, Edward le susurró su plan, el plan de
salvar lo poco que le quedaba, su hija, y ella asintió. Abrazó
fuerte a su hija, diciendo adiós, y la besó en la cabeza. El rey
cogió fuerte a su hija y avanzó rápido hasta la torre. Allí le
esperaba Habna, con una capa negra cubriéndole el cuerpo.
-Rápido,
ella ya habrá nacido
también. Tenemos que sacarla de aquí.
Habna
asintió y se colocó en medio de la torre.
-Hija
mía, no importa lo que esté escrito en ese libro, tu vas a acabar
con ella. Serás tu la
que viva. Tú serás quien nos salve, quien salve a todos.
El
rey acarició la mejilla de su hija, y le besó la cabeza. La niña
empezaba a llorar y Habna la cogió en brazos.
-Es
hora de irnos.-dijo al rey.
Éste
asintió y se echó hacia atrás, con lágrimas en los ojos.
-Una
última cosa. ¿Cuál es su nombre?- preguntó Habna.
-Arya.-susurró
el rey antes de ver una luz dorada llegar del cielo y llevarse a la
anciana y a su hija.
Dos
niñas nacerán un mismo día, en una noche nublada, donde ni el sol
ni la luna estén, ni luz ni oscuridad.
Una
será la luz, otra la oscuridad. Una será un ángel, otra un
demonio.
Un
alma inocente pero perdida aparecerá entre ellas, y ellas deben
guiarle a donde procede. Esa alma salvará a una, pero traicionará a
otra.
Las
dos, dos almas unidas por el destino pero separadas por la muerte,
lucharan por su bando, la luz o la oscuridad, para salvar el mundo o
para destruirlo. Pero una de ella caerá a manos de la otra.
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