Debería haber caído,
pero mis piernas siguen corriendo y mis pulmones arden. En este momento
agradezco el hecho de que me puse zapatillas de deporte en vez de otro tipo de
zapato. Aunque eso no hará que salga con vida.
En cuanto empiezo a correr, la sombra de
luz se mueve al instante.
Recuerdo una clase del señor Gipson
donde explicó cómo se traslada la luz: a una velocidad tan rápida que ni el ojo
humano puede verla.
Tenías razón, profesor.
La sombra de luz se consume en un
segundo y en otro aparece más cerca de mí. Digamos que es así como corre:
consumiéndose y encendiéndose al segundo.
Ante mi gran desventaja, voy esquivando
coches haciendo que la sombra choque con ellos y se retrase. Aunque los
traspasa.
Estoy completamente desorientada, no sé cuánto tiempo llevo corriendo,
ni sé en qué lugar estoy pero reconozco una plaza y la atravieso mezclándome
con la oscuridad de la calle. Apenas puedo respirar. Me meto en un callejón necesitado de una buena
limpieza y me escondo detrás de los cubos de basura y cajas de cartón.
Si no he perdido un pulmón sería un
completo milagro. Mi corazón late tan fuerte que me aprisiono el pecho con los
brazos con miedo de que se me salga del pecho.
Una respiración, dos respiraciones, tres
respiraciones, cuatro respiraciones,…
Ya no se escucha nada. Ni mi corazón a
punto de abandonar mi caja torácica, ni mis rápidas respiraciones, ni el sonido
de la ciudad. Intento visualizar algo entre los huecos de los cubos pero no
consigo ver más que un muro igualito al que estoy apoyada.
Tal vez debería levantarme, y si se ha
ido….
Algo estalla a mi derecha y yo salgo
volando por los aires. Aterrizo sobre el suelo y me raspo la cara con el suelo.
Los cubos de basura han explotado y ahora están envueltos en llamas.
No estoy sola, nunca lo he estado.
Me consigo levantar a pesar de los
crujidos de mis huesos y sin pensarlo
más echo a correr.
Me meto por en la boca oscura del
callejón y tuerzo a la derecha donde ahí
un cruce. Corro un buen trecho y vuelvo a meterme en otra desviación. Con
ayuda de las manos consigo agarrarme a una verja y saltar un desnivel
aterrizando un metro más abajo. No puedo pararme ahora.
Las calles están vacías y sólo se
escuchan el ruido de mis zapatillas chocando contra el suelo.
Sólo mis pasos.
Dejo de correr y me doy la vuelta. No
hay nadie. Lo he dejado atrás.
Miro a todos lados pero no se ve ninguna
luz, sólo la luz de la farola.
Una farola, no.
Empieza a parpadear.
La luz de la bombilla empieza a
agrandares, hasta convertirse en una bola de luz que se contrae.
Mierda.
Me voy la vuelta antes de ver como
vuelve a tener forma humana y sigo corriendo. Corro calle abajo y me llego a un
parque. Los columpios que horas antes habían estado atestados de niños ahora
son movidos por el viento.
A ese mismo parque he ido muchas veces a
correr y se puede decir que lo conozco como la palma de mi mano. La salida no
está lejos. Puedo atravesar los aseos, despistarle y escapar por la verja que
tapa los árboles. Eso me haría ganar tiempo, o perderlo.
Tuerzo a la derecha, dirección de los aseos
y consigo vislumbrarlos. Pero una luz me atraviesa y acaba rodeándome. Intento
seguir corriendo la bola de luz acaba encerrándome por completo. No puedo mover
las piernas. Empiezo a gritar pero mi voz resuena en mi cabeza y me retumba los
odios.
Esto no puede estar pasando.
Golpeo el aire con las manos, pero se
estampan en algo sólido. Pego una patada y mi pie se estampa con algo. Pego
las manos a la luz y la recorro con los dedos.
Eso no es una bola de luz, ni siquiera
un sueño. Es una cúpula.
Y yo estoy encerrada en ella.
No creo que la cúpula sea transpirable,
así que dentro de poco tiempo acabaré por quedarme sin oxígeno. Y entonces todo
lo que he hecho sería en vano. Mi existencia se resumiría a la nada.
Cierro los ojos fuertemente y empiezo a
contar respiraciones. Dentro de poco ya no podré hacerlo.
Una respiración, dos respiraciones, tres
respiraciones,…
No. No puedo quedarme encerrada y
quedare con los brazos cerrados viendo como me consumo con ella. Si voy a morir
no va a ser hoy.
Abro los ojos, la cúpula sigue ahí. La tanteo con las manos
buscando un punto débil que no encuentro. Todo tiene punto débil. Si golpeo
fuerte puede romperse. La luz no es irrompible.
Respiro hondo y pego con todas mis
fuerzas mi puño contra la cúpula. Un crujido resuena. Me miro la mano esperando
ver un hueso roto pero sólo tiene un poco de sangre. Miro a la cúpula. Donde he
golpeado, a través de la sangre de mi mano, hay grietas negras. La cúpula se
estaba rompiendo. Miles de grietas negras rompen la luz. De repente miles de
cristales dorados explotan y me tiro al suelo.
Abro poco a poco los ojos y miro a mi
alrededor; vuelvo a estar en el parque. No hay cúpula.
Me levanto lentamente y me quito los
cristales que se han quedado impregnados en mi ropa y mi pelo. Estoy
sola.
Me agacho y cojo un trozo de cristal. Ahora
es negro.
Parece que ha llovido cristales negros. Hay cristales por todo el
suelo, los árboles, los bancos, incluso más allá cerca de la fuente. Tiro el
cristal al suelo y comprobando que no hay nadie vuelvo a correr, esta vez a la
salida.
Rodeo un coche y giro a la izquierda, la
salida del pueblo. A lo lejos de la carretera rodeada de árboles y bosque, está
el cartel que me aleja de todo. Comienzo nuevamente a correr pero algo pasa: de
repente mis piernas fallan. Intento agarrarme a algo pero acabo cayendo por la
ladera. Contengo el grito,pero es inminente.
Ya que lo hacen tantas veces en
las películas, pensé que sería fácil, pero duele, y mucho. Cuando finalmente
quedo tirada en suelo firme, me duele cada uno de los huesos y músculos del
cuerpo. Sin exagerar.
Consigo estabilizarme e incorporarme un
poco, aunque mi cuerpo apenas responde.
Un sonido resuena en la espesura del
bosque. Y miro hacia arriba.
A lo alto de la ladera, vigilando me
desde lo alto, está la sombra de luz.
Intento levantarme pero acabo cayendo. Con
ayuda de las manos, me echo hacia atrás todo lo que puedo; las palmas de las
manos me arden.
La luz empieza a parpadear, descendiendo
poco a poco. Me echo de nuevo hacia atrás pero me clavo algo en las manos y
acabo gritando. La sombra de luz está pasando la distancia que nos
separa.
En unos pocos segundos estará sobre
mi.
Por primera vez no tengo ganas de
gritar. No tengo ganas de llorar. Sólo siento odio. Odio por todo. Por todas
las mentiras, todos los insultos, todo lo que no sé.
Tal vez no debería haber huido de casa,
o tal vez esto era lo que me esperaba esta noche.
La muerte.
-!NOOOOOOOO¡
Una sombra oscura se abalanza a la
velocidad de la luz sobre la sombra de luz y acaban los dos peleando en el
suelo. La pelea es un revoltijo de luz y oscuridad parpadeantes.
Sin dejar de mirarlos consigo levantarme
. La carretera está a solo unos pasos. Voy retrocediendo poco a poco, sin hacer
ruido. Siento pinchazos en la pierna y dolor que me traspasa. Estoy sangrando.
Consigo llegar cojeando a la ladera y agarrándome de ramas voy subiendo
lentamente. Me muerdo el labio intentando reprimir los gritos cada vez que algo
roza mi herida. Y por fin, después de todo lo sufrido, piso cemento.
El motel solo se encontraba a unos pocos
kilómetros tras pasar el cartel. Al principio parecía desierto pero una ventana
iluminada me decía que no. Correría pero mi pierna y todo lo demás herido me lo
impide. Tengo que parecer un zombi andante.
Un hombre con unas gafas de cristales
kilométricos me mira con cara de pocos amigos cuando entro en el pequeño
recibidor. Su vista pasa de mi rostro a todo mi cuerpo, parándose en la pierna
ensangrentada.
Su cara de pocos amigos aumenta. Debo tener un aspecto horrible.
-¿Que te ha pasado?
Por un segundo dudo. ¿Qué puedo
contestar? ¿Una sombra me ha perseguido por toda la ciudad pero luego otra
sombra me ha salvado y aquí estoy pidiendo refugio? Por favor. Tiene que
creerme. Y lo hará.
- Mientras venía hacia aquí he tropezado
y he caído ladera abajo.
La cara del hombre cambia y me
sonríe.
- Oh, valla, ¿y te encuentras bien?
-¿pero que ....?- Tenemos un botiquín muy capacitado aquí, por sí lo necesitas.
Mira -se agacha, desaparece tras la gran mesa, y aparece con una caja blanca en
la mano-, esta es. Puedes llevártela y después traerme la cuando ya no la
necesites.
Intento sonreír y dar las gracias pero
no me sale. ¿Pero qué demonios está pasando?
Pienso en preguntarle si sufre
bipolaridad pero me lo guardo. Rebusco en mi mochila el dinero y me acerco a la
mesa.
- No, no. -miro al hombre, que está
negando con los brazos- puedes pagar mañana, cuando estés ya recuperada de la
caída.
Cierro la mochila y asiento lentamente
con la cabeza.
El hombre me acerca una llave.
- Hoy dormirás en la habitación 14. Sólo
tienes que subir esa escalera de ahí -dice señalando por la ventana- y la
segunda puerta.
Cojo la llave y el botiquín y salgo lo
más rápido que puedo de allí.
- Que tenga una buena noche, señorita
Ana.
'Señorita Ana'. Repaso nuestra
conversación en mi cabeza pero no recuerdo que le haya dicho mi nombre. No lo
he dicho. Ni siquiera lo he pensado. ¿Entonces como lo sabe? Tal vez sea un
acosador, o tal vez esto no sea nada más que uno de esos estúpidos sueños
y acabe despertando.
Mi cerebro está muerto. No
encuentro nada racional en mi vida. Una sombra de luz me ha perseguido, he roto
una cúpula que ha parecido de la nada con sólo un puñetazo, una sombra ha
atacado a la otra sombra y me ha salvado, un hombre que nunca he visto sabe mi
nombre, estoy sola y perdida en una habitación de un motel donde
perfectamente pueden atacarme de nuevo, nadie sabe dónde estoy. Y tengo miedo.
Tanto miedo que ni siquiera se sí estoy muerta o algo intermedio. No debería
haberme ido. Soy estúpida. Pero estoy tan cansada. Tan infinitamente cansada,
que me quedo dormida en una esquina agazapada en el suelo.
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