Dos niñas nacerán un mismo día, en una noche nublada, donde ni el sol ni la luna estén, ni luz ni oscuridad.
Una será la luz, otra la oscuridad. Una será un ángel, otra un demonio.
Un alma inocente pero perdida aparecerá entre ellas, y ellas deben guiarle a donde procede. Esa alma salvará a una, pero traicionará a otra.
Las dos, dos almas unidas por el destino pero separadas por la muerte, lucharan por su bando, la luz o la oscuridad, para salvar el mundo o para destruirlo. Pero una de ellas caerá a manos de la otra.
Dos almas destinadas a morir.

sábado, 19 de octubre de 2013

LIBRO 1: LA LLAMADA. Capítulo 4.

No era mi cuerpo. Tampoco lo eran mis pensamientos. En mi mente se arremolinaban miles de imágenes, pero era una sola: el bosque, la sombra de luz a centímetros de mí, yo tirada en el suelo, atónita, esperando mi muerte. Yo. El desconocido no dejaba de pensar en mí, de una forma confusa. Sólo recordaba una sola imagen, y la inspeccionaba como si la vida le fuera en ello; buscando cada hoja, cada gota de sangre, cualquier cosa para llegar hasta mí.
Era la única imagen que tenía.
 Verme en tercera persona era patético. Pero mis pensamientos no pensaban eso. Tenía que salvarla. Tenía que salvarme.  Y ahora, tenía que encontrarme.  Y estaba desesperado por hacerlo.
Ahora caminaba por el bosque. Se quedó parado en frente del lugar que ocupé yo al caer ladera abajo. Sostuvo largo rato la rama que me clavé en la mano, con sus largos y finos dedos. Examinó cada centímetro de la rama, buscando cualquier evidencia que pudiera llevarle a mí. Hasta que la desesperación se apoderó de él y arrojó violentamente la rama con toda su fuera, que atravesó el tronco de un árbol, y éste se partió por la mitad.
Se pasó nerviosamente las manos por su pelo dorado y se quedó largo rato con las manos en la nuca mirando al cielo. Cualquiera que hubiera pasado por allí y le hubiera visto pensaría que era un ángel, pero era justo todo lo contrario. Y él lo sabía mejor que nadie, era feliz con ello.
Recordó una vez más la imagen, y esta vez se detuvo en mi rostro. No estaba asustada. No estaba triste. No estaba feliz. Estaba preparada. Eso es lo que él pensó. 
A la luz de la luna, mi rostro estaba más pálido, pero se veía cada facción de mi rostro. Él memorizo cada una de ellas. Él me encontraría. No importaría el precio que tendría que pagar.

Una línea de luz se proyecta por toda la habitación, iluminándola. Estiro el brazo y corro las cortinas, atenuando la luz.
Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos todo lo fuerte que puedo y, por primera vez, empiezo a asimilarlo todo.  
Tengo que salir de aquí.
Me levanto y me examino la ropa. No puedo salir así a la calle. Cojo la mochila y rebusco entre las cosas hasta que encuentro una camiseta y unos pantalones. Entro en el cuarto de baño y veo mi reflejo.
No puede ser.
Después de haber corrido por todo el pueblo durante una persecución, haber roto una cúpula y acabar rodeada de cristales, sobrevivir a una explosión, caer por una ladera y presenciar una pelea entre sombras; estoy igual que la última vez que me miré al espejo. Me miro las manos y están completamente vacías de heridas. Me levanto la camiseta y busco cualquier hematoma o rastro de sangre pero no hay nada.
La pierna.
Rápidamente me quito el pantalón y me quedo mirando la pierna. No hay nada. La herida de ayer, tan rebosante de sangre, no está. Me aprieto la pierna pero no duele. Pero el pantalón está lleno de sangre. Está seca.
Me ducho lo más rápido que puedo en la pequeña ducha, agradeciendo el agua caliente, y me visto ignorando el espejo.  Cojo la mochila y me asomo por la ventana. No hay nadie.
El botiquín está tirado sobre la cama. Tengo que devolvérselo.
‘Señorita Ana’
No. Ni soñando voy a acercarme a ese hombre.
Dejo el botiquín sobre la cama acompañado de un fajo de billetes y las llaves y salgo de la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.  Si el hombre está en el recibidor, me verá bajar las escaleras. Tengo que bajar por otro sitio. Llego al final del pasillo. No hay salida.
Sólo la barandilla que cierra el camino.
 Miro abajo. No son muchos metros.
Antes de pensármelo dos veces me agarro a la barandilla y paso las piernas. Cuanto más tiempo espere más tardaré en caer.
Salto.
Aterrizo sobre los pies, pero sorprendentemente no me duelen. Miro hacia arriba. La barandilla está más alta de lo que pensaba.
No puedo salir a carretera ya que alguien podría reconocerme y todo habría acabado. Tengo que ir bosque a través. Rodeo el motel evitando las ventanas y llego a la parte trasera.
-Buenos días, señorita Ana.
Me paro de golpe, incapaz de darme la vuelta. No puede ser.
El hombre de la recepción está detrás de mí, sonriéndome. Ya no lleva las gafas.
-Tenía la intuición de que se levantaría tarde pero, bueno, me equivoqué.-gira la cabeza como si fuera un gato y sonríe más. Algo ha cambiado en él.  La corbata bien puesta que anoche tenía ahora está suelta puesta de cualquier manera, su pelo bien peinado con gomina ahora era un desbarajuste de pelos sin rumbo, las mangas de la camisa ahora están remangadas, dejando ver unos brazos pálidos llenos de venas azules.
Vamos, Ana. No te dejes intimidar por este tío.
-Si, es que tengo que volver a casa.-primera mentira- Le he dejado el dinero, el botiquín y las llaves en la habitación. Me he despertado temprano porque me han llamado mis padres y tengo que volver a casa.-segunda mentira.
El hombre se queda largo rato mirándome hasta que deja de sonreír.
-No hay nadie esperándote, Ana.-sentencia.
El hombre vuelve a sonreír, se está retorciendo las manos violentamente.
-Buen salto, por cierto. Cualquiera hubiera muerto. Pero,- pasa la vista por todo mi cuerpo deteniéndose en mi cara- tu no lo estás.
¿Pero quién demonios es este hombre?
-¿Qué quieres decir con que no hay nadie esperándome?- susurro.
Como si estuviese esperando mi respuesta, sonríe orgulloso con malicia.
-¿Hacia dónde ibas, Ana? ¿Hacia tu casa?-espera mi respuesta y vuelve a retorcerse la mano- Seamos francos; ya no existe esa  casa.
Se oculta las manos tras la espalda. Retrocedo. Una sensación rara me traspasa: algo malo ha pasado. Quiero borrarle esa estúpida sonrisa de la cara.
-¿Qué has hecho?-pregunto, apretando los dientes.
El hombre rompe a reír y vuelve la vista a mí.
-La pregunta es: ¿qué has hecho tu?
-Yo no he hecho nada.
Vuelve a reír.
-¿Eso crees? Piensa otra vez.
Me quedo en silencio. He hecho muchas cosas pero nunca nada a mis padres. Este nombre está intentando confundirte, Ana. Tiene que ser un secuestrador. Hay que distraerle y salir corriendo.
-No he hecho nada.- repito.
Saca las manos de la espalda, están llenas de sangre. Se mira las manos y sonríe.  Retrocedo.
-¿Ah, no? Mira lo que me has hecho.-dice enseñándome las manos.
-Yo no te he hecho eso.
-Piensa otra vez.-repite.
Ya basta. Esto ha llegado demasiado lejos. Está jugando conmigo. Quiere hacerme creer cosas. Seguramente tendrá problemas mentales. No creas nada de lo que dice. Sólo te está confundiendo. Confúndele tú a él.
-¿Cómo sabes mi nombre?-pregunto.
Baja las manos, ya no tiene sangre.
-Eres famosa, Ana. Todo el mundo te conoce.
¿Famosa?
-Te has confundido de persona. Yo no soy, ni mucho menos famosa. Soy una don nadie.
Estalla a carcajadas y se dobla por la mitad.
-¿Tú? ¿Una don nadie? Se ve que no sabes ni quién eres.
Y ahí está, la pregunta que me ha estado rondando todo este tiempo, esa pregunta sin respuesta que me ha perseguido por las noches y los días:
-¿Quién soy?
Empieza a convulsionarse, tosiendo violentamente, sangre sale de su boca. Ana, Corre. Retrocedo. Deja de toser. Un charco de sangre se envuelve en sus pies. Vuelve la vista hacia mí, sus pupilas han aumentado y ahora sus ojos con completamente negros. Ahogo un grito y me tapo la boca con las manos. De su boca cuelgan hilos de sangre que acaban en el suelo. Su sonrisa macabra ahora es una línea llena de sangre.
Clava sus ojos negros en mí y responde:

-Vas a ser quien muera. 

1 comentario:

  1. Eh. Me encanta. Escribe más a menudo, porfa. Wao, en serio que lo vuelvo a leer y... me gusta :)
    Te sigo. Pásate si eso y tal: conldeletra.blogspot.com
    Abracísimos,
    E.

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