No era mi cuerpo. Tampoco lo eran mis pensamientos. En mi
mente se arremolinaban miles de imágenes, pero era una sola: el bosque, la
sombra de luz a centímetros de mí, yo tirada en el suelo, atónita, esperando mi
muerte. Yo. El desconocido no dejaba de pensar en mí, de una forma confusa.
Sólo recordaba una sola imagen, y la inspeccionaba como si la vida le fuera en
ello; buscando cada hoja, cada gota de sangre, cualquier cosa para llegar hasta
mí.
Era la única imagen que tenía.
Verme en tercera
persona era patético. Pero mis pensamientos no pensaban eso. Tenía que salvarla. Tenía que salvarme. Y ahora, tenía que
encontrarme. Y estaba desesperado por hacerlo.
Ahora caminaba por el bosque. Se quedó parado en frente del
lugar que ocupé yo al caer ladera abajo. Sostuvo largo rato la rama que me
clavé en la mano, con sus largos y finos dedos. Examinó cada centímetro de la
rama, buscando cualquier evidencia que pudiera llevarle a mí. Hasta que la
desesperación se apoderó de él y arrojó violentamente la rama con toda su
fuera, que atravesó el tronco de un árbol, y éste se partió por la mitad.
Se pasó nerviosamente las manos por su pelo dorado y se
quedó largo rato con las manos en la nuca mirando al cielo. Cualquiera que
hubiera pasado por allí y le hubiera visto pensaría que era un ángel, pero era
justo todo lo contrario. Y él lo sabía mejor que nadie, era feliz con ello.
Recordó una vez más la imagen, y esta vez se detuvo en mi
rostro. No estaba asustada. No estaba triste. No estaba feliz. Estaba
preparada. Eso es lo que él pensó.
A la luz de la luna, mi rostro estaba más pálido, pero se
veía cada facción de mi rostro. Él memorizo cada una de ellas. Él me
encontraría. No importaría el precio que tendría que pagar.
Una línea de luz se proyecta por toda la habitación,
iluminándola. Estiro el brazo y corro las cortinas, atenuando la luz.
Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos todo lo
fuerte que puedo y, por primera vez, empiezo a asimilarlo todo.
Tengo que salir de aquí.
Me levanto y me examino la ropa. No puedo salir así a la
calle. Cojo la mochila y rebusco entre las cosas hasta que encuentro una
camiseta y unos pantalones. Entro en el cuarto de baño y veo mi reflejo.
No puede ser.
Después de haber corrido por todo el pueblo durante una
persecución, haber roto una cúpula y acabar rodeada de cristales, sobrevivir a
una explosión, caer por una ladera y presenciar una pelea entre sombras; estoy
igual que la última vez que me miré al espejo. Me miro las manos y están
completamente vacías de heridas. Me levanto la camiseta y busco cualquier
hematoma o rastro de sangre pero no hay nada.
La pierna.
Rápidamente me quito el pantalón y me quedo mirando la
pierna. No hay nada. La herida de ayer, tan rebosante de sangre, no está. Me
aprieto la pierna pero no duele. Pero el pantalón está lleno de sangre. Está
seca.
Me ducho lo más rápido que puedo en la pequeña ducha,
agradeciendo el agua caliente, y me visto ignorando el espejo. Cojo la mochila y me asomo por la ventana. No
hay nadie.
El botiquín está tirado sobre la cama. Tengo que
devolvérselo.
‘Señorita Ana’
No. Ni soñando voy a acercarme a ese hombre.
Dejo el botiquín sobre la cama acompañado de un fajo de
billetes y las llaves y salgo de la habitación, cerrando la puerta sin hacer
ruido. Si el hombre está en el
recibidor, me verá bajar las escaleras. Tengo que bajar por otro sitio. Llego
al final del pasillo. No hay salida.
Sólo la barandilla que cierra el camino.
Miro abajo. No son
muchos metros.
Antes de pensármelo dos veces me agarro a la barandilla y
paso las piernas. Cuanto más tiempo espere más tardaré en caer.
Salto.
Aterrizo sobre los pies, pero sorprendentemente no me
duelen. Miro hacia arriba. La barandilla está más alta de lo que pensaba.
No puedo salir a carretera ya que alguien podría reconocerme
y todo habría acabado. Tengo que ir bosque a través. Rodeo el motel evitando las
ventanas y llego a la parte trasera.
-Buenos días, señorita Ana.
Me paro de golpe, incapaz de darme la vuelta. No puede ser.
El hombre de la recepción está detrás de mí, sonriéndome. Ya
no lleva las gafas.
-Tenía la intuición de que se levantaría tarde pero, bueno,
me equivoqué.-gira la cabeza como si fuera un gato y sonríe más. Algo ha
cambiado en él. La corbata bien puesta
que anoche tenía ahora está suelta puesta de cualquier manera, su pelo bien
peinado con gomina ahora era un desbarajuste de pelos sin rumbo, las mangas de
la camisa ahora están remangadas, dejando ver unos brazos pálidos llenos de
venas azules.
Vamos, Ana. No te dejes intimidar por este tío.
-Si, es que tengo que volver a casa.-primera mentira- Le he
dejado el dinero, el botiquín y las llaves en la habitación. Me he despertado
temprano porque me han llamado mis padres y tengo que volver a casa.-segunda
mentira.
El hombre se queda largo rato mirándome hasta que deja de
sonreír.
-No hay nadie esperándote, Ana.-sentencia.
El hombre vuelve a sonreír, se está retorciendo las manos
violentamente.
-Buen salto, por cierto. Cualquiera hubiera muerto. Pero,-
pasa la vista por todo mi cuerpo deteniéndose en mi cara- tu no lo estás.
¿Pero quién demonios es este hombre?
-¿Qué quieres decir con que no hay nadie esperándome?-
susurro.
Como si estuviese esperando mi respuesta, sonríe orgulloso
con malicia.
-¿Hacia dónde ibas, Ana? ¿Hacia tu casa?-espera mi respuesta
y vuelve a retorcerse la mano- Seamos francos; ya no existe esa casa.
Se oculta las manos tras la espalda. Retrocedo. Una
sensación rara me traspasa: algo malo ha pasado. Quiero borrarle esa estúpida
sonrisa de la cara.
-¿Qué has hecho?-pregunto, apretando los dientes.
El hombre rompe a reír y vuelve la vista a mí.
-La pregunta es: ¿qué has hecho tu?
-Yo no he hecho nada.
Vuelve a reír.
-¿Eso crees? Piensa otra vez.
Me quedo en silencio. He hecho muchas cosas pero nunca nada
a mis padres. Este nombre está intentando confundirte, Ana. Tiene que ser un
secuestrador. Hay que distraerle y salir corriendo.
-No he hecho nada.- repito.
Saca las manos de la espalda, están llenas de sangre. Se mira
las manos y sonríe. Retrocedo.
-¿Ah, no? Mira lo que me has hecho.-dice enseñándome las
manos.
-Yo no te he hecho eso.
-Piensa otra vez.-repite.
Ya basta. Esto ha llegado demasiado lejos. Está jugando
conmigo. Quiere hacerme creer cosas. Seguramente tendrá problemas mentales. No
creas nada de lo que dice. Sólo te está confundiendo. Confúndele tú a él.
-¿Cómo sabes mi nombre?-pregunto.
Baja las manos, ya no tiene sangre.
-Eres famosa, Ana. Todo el mundo te conoce.
¿Famosa?
-Te has confundido de persona. Yo no soy, ni mucho menos
famosa. Soy una don nadie.
Estalla a carcajadas y se dobla por la mitad.
-¿Tú? ¿Una don nadie? Se ve que no sabes ni quién eres.
Y ahí está, la pregunta que me ha estado rondando todo este
tiempo, esa pregunta sin respuesta que me ha perseguido por las noches y los
días:
-¿Quién soy?
Empieza a convulsionarse, tosiendo violentamente, sangre
sale de su boca. Ana, Corre. Retrocedo.
Deja de toser. Un charco de sangre se envuelve en sus pies. Vuelve la vista
hacia mí, sus pupilas han aumentado y ahora sus ojos con completamente negros.
Ahogo un grito y me tapo la boca con las manos. De su boca cuelgan hilos de
sangre que acaban en el suelo. Su sonrisa macabra ahora es una línea llena de
sangre.
Clava sus ojos negros en mí y responde:
-Vas a ser quien muera.
Eh. Me encanta. Escribe más a menudo, porfa. Wao, en serio que lo vuelvo a leer y... me gusta :)
ResponderEliminarTe sigo. Pásate si eso y tal: conldeletra.blogspot.com
Abracísimos,
E.