Dos niñas nacerán un mismo día, en una noche nublada, donde ni el sol ni la luna estén, ni luz ni oscuridad.
Una será la luz, otra la oscuridad. Una será un ángel, otra un demonio.
Un alma inocente pero perdida aparecerá entre ellas, y ellas deben guiarle a donde procede. Esa alma salvará a una, pero traicionará a otra.
Las dos, dos almas unidas por el destino pero separadas por la muerte, lucharan por su bando, la luz o la oscuridad, para salvar el mundo o para destruirlo. Pero una de ellas caerá a manos de la otra.
Dos almas destinadas a morir.

sábado, 19 de octubre de 2013

LIBRO 1: LA LLAMADA. Capítulo 4.

No era mi cuerpo. Tampoco lo eran mis pensamientos. En mi mente se arremolinaban miles de imágenes, pero era una sola: el bosque, la sombra de luz a centímetros de mí, yo tirada en el suelo, atónita, esperando mi muerte. Yo. El desconocido no dejaba de pensar en mí, de una forma confusa. Sólo recordaba una sola imagen, y la inspeccionaba como si la vida le fuera en ello; buscando cada hoja, cada gota de sangre, cualquier cosa para llegar hasta mí.
Era la única imagen que tenía.
 Verme en tercera persona era patético. Pero mis pensamientos no pensaban eso. Tenía que salvarla. Tenía que salvarme.  Y ahora, tenía que encontrarme.  Y estaba desesperado por hacerlo.
Ahora caminaba por el bosque. Se quedó parado en frente del lugar que ocupé yo al caer ladera abajo. Sostuvo largo rato la rama que me clavé en la mano, con sus largos y finos dedos. Examinó cada centímetro de la rama, buscando cualquier evidencia que pudiera llevarle a mí. Hasta que la desesperación se apoderó de él y arrojó violentamente la rama con toda su fuera, que atravesó el tronco de un árbol, y éste se partió por la mitad.
Se pasó nerviosamente las manos por su pelo dorado y se quedó largo rato con las manos en la nuca mirando al cielo. Cualquiera que hubiera pasado por allí y le hubiera visto pensaría que era un ángel, pero era justo todo lo contrario. Y él lo sabía mejor que nadie, era feliz con ello.
Recordó una vez más la imagen, y esta vez se detuvo en mi rostro. No estaba asustada. No estaba triste. No estaba feliz. Estaba preparada. Eso es lo que él pensó. 
A la luz de la luna, mi rostro estaba más pálido, pero se veía cada facción de mi rostro. Él memorizo cada una de ellas. Él me encontraría. No importaría el precio que tendría que pagar.

Una línea de luz se proyecta por toda la habitación, iluminándola. Estiro el brazo y corro las cortinas, atenuando la luz.
Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos todo lo fuerte que puedo y, por primera vez, empiezo a asimilarlo todo.  
Tengo que salir de aquí.
Me levanto y me examino la ropa. No puedo salir así a la calle. Cojo la mochila y rebusco entre las cosas hasta que encuentro una camiseta y unos pantalones. Entro en el cuarto de baño y veo mi reflejo.
No puede ser.
Después de haber corrido por todo el pueblo durante una persecución, haber roto una cúpula y acabar rodeada de cristales, sobrevivir a una explosión, caer por una ladera y presenciar una pelea entre sombras; estoy igual que la última vez que me miré al espejo. Me miro las manos y están completamente vacías de heridas. Me levanto la camiseta y busco cualquier hematoma o rastro de sangre pero no hay nada.
La pierna.
Rápidamente me quito el pantalón y me quedo mirando la pierna. No hay nada. La herida de ayer, tan rebosante de sangre, no está. Me aprieto la pierna pero no duele. Pero el pantalón está lleno de sangre. Está seca.
Me ducho lo más rápido que puedo en la pequeña ducha, agradeciendo el agua caliente, y me visto ignorando el espejo.  Cojo la mochila y me asomo por la ventana. No hay nadie.
El botiquín está tirado sobre la cama. Tengo que devolvérselo.
‘Señorita Ana’
No. Ni soñando voy a acercarme a ese hombre.
Dejo el botiquín sobre la cama acompañado de un fajo de billetes y las llaves y salgo de la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.  Si el hombre está en el recibidor, me verá bajar las escaleras. Tengo que bajar por otro sitio. Llego al final del pasillo. No hay salida.
Sólo la barandilla que cierra el camino.
 Miro abajo. No son muchos metros.
Antes de pensármelo dos veces me agarro a la barandilla y paso las piernas. Cuanto más tiempo espere más tardaré en caer.
Salto.
Aterrizo sobre los pies, pero sorprendentemente no me duelen. Miro hacia arriba. La barandilla está más alta de lo que pensaba.
No puedo salir a carretera ya que alguien podría reconocerme y todo habría acabado. Tengo que ir bosque a través. Rodeo el motel evitando las ventanas y llego a la parte trasera.
-Buenos días, señorita Ana.
Me paro de golpe, incapaz de darme la vuelta. No puede ser.
El hombre de la recepción está detrás de mí, sonriéndome. Ya no lleva las gafas.
-Tenía la intuición de que se levantaría tarde pero, bueno, me equivoqué.-gira la cabeza como si fuera un gato y sonríe más. Algo ha cambiado en él.  La corbata bien puesta que anoche tenía ahora está suelta puesta de cualquier manera, su pelo bien peinado con gomina ahora era un desbarajuste de pelos sin rumbo, las mangas de la camisa ahora están remangadas, dejando ver unos brazos pálidos llenos de venas azules.
Vamos, Ana. No te dejes intimidar por este tío.
-Si, es que tengo que volver a casa.-primera mentira- Le he dejado el dinero, el botiquín y las llaves en la habitación. Me he despertado temprano porque me han llamado mis padres y tengo que volver a casa.-segunda mentira.
El hombre se queda largo rato mirándome hasta que deja de sonreír.
-No hay nadie esperándote, Ana.-sentencia.
El hombre vuelve a sonreír, se está retorciendo las manos violentamente.
-Buen salto, por cierto. Cualquiera hubiera muerto. Pero,- pasa la vista por todo mi cuerpo deteniéndose en mi cara- tu no lo estás.
¿Pero quién demonios es este hombre?
-¿Qué quieres decir con que no hay nadie esperándome?- susurro.
Como si estuviese esperando mi respuesta, sonríe orgulloso con malicia.
-¿Hacia dónde ibas, Ana? ¿Hacia tu casa?-espera mi respuesta y vuelve a retorcerse la mano- Seamos francos; ya no existe esa  casa.
Se oculta las manos tras la espalda. Retrocedo. Una sensación rara me traspasa: algo malo ha pasado. Quiero borrarle esa estúpida sonrisa de la cara.
-¿Qué has hecho?-pregunto, apretando los dientes.
El hombre rompe a reír y vuelve la vista a mí.
-La pregunta es: ¿qué has hecho tu?
-Yo no he hecho nada.
Vuelve a reír.
-¿Eso crees? Piensa otra vez.
Me quedo en silencio. He hecho muchas cosas pero nunca nada a mis padres. Este nombre está intentando confundirte, Ana. Tiene que ser un secuestrador. Hay que distraerle y salir corriendo.
-No he hecho nada.- repito.
Saca las manos de la espalda, están llenas de sangre. Se mira las manos y sonríe.  Retrocedo.
-¿Ah, no? Mira lo que me has hecho.-dice enseñándome las manos.
-Yo no te he hecho eso.
-Piensa otra vez.-repite.
Ya basta. Esto ha llegado demasiado lejos. Está jugando conmigo. Quiere hacerme creer cosas. Seguramente tendrá problemas mentales. No creas nada de lo que dice. Sólo te está confundiendo. Confúndele tú a él.
-¿Cómo sabes mi nombre?-pregunto.
Baja las manos, ya no tiene sangre.
-Eres famosa, Ana. Todo el mundo te conoce.
¿Famosa?
-Te has confundido de persona. Yo no soy, ni mucho menos famosa. Soy una don nadie.
Estalla a carcajadas y se dobla por la mitad.
-¿Tú? ¿Una don nadie? Se ve que no sabes ni quién eres.
Y ahí está, la pregunta que me ha estado rondando todo este tiempo, esa pregunta sin respuesta que me ha perseguido por las noches y los días:
-¿Quién soy?
Empieza a convulsionarse, tosiendo violentamente, sangre sale de su boca. Ana, Corre. Retrocedo. Deja de toser. Un charco de sangre se envuelve en sus pies. Vuelve la vista hacia mí, sus pupilas han aumentado y ahora sus ojos con completamente negros. Ahogo un grito y me tapo la boca con las manos. De su boca cuelgan hilos de sangre que acaban en el suelo. Su sonrisa macabra ahora es una línea llena de sangre.
Clava sus ojos negros en mí y responde:

-Vas a ser quien muera. 

jueves, 17 de octubre de 2013

LIBRO 1: DOS ALMAS. Capítulo 3.

 Debería haber caído, pero mis piernas siguen corriendo y mis pulmones arden. En este momento agradezco el hecho de que me puse zapatillas de deporte en vez de otro tipo de zapato. Aunque eso no hará que salga con vida.
En cuanto empiezo a correr, la sombra de luz se mueve al instante.
Recuerdo una clase del señor Gipson donde explicó cómo se traslada la luz: a una velocidad tan rápida que ni el ojo humano puede verla.
Tenías razón, profesor.
La sombra de luz se consume en un segundo y en otro aparece más cerca de mí. Digamos que es así como corre: consumiéndose y encendiéndose al segundo.
Ante mi gran desventaja, voy esquivando coches haciendo que la sombra choque con ellos y se retrase. Aunque los traspasa.
 Estoy completamente desorientada, no sé cuánto tiempo llevo corriendo, ni sé en qué lugar estoy pero reconozco una plaza y la atravieso mezclándome con la oscuridad de la calle. Apenas puedo respirar.  Me meto en un callejón necesitado de una buena limpieza y me escondo detrás de los cubos de basura y cajas de cartón.
Si no he perdido un pulmón sería un completo milagro. Mi corazón late tan fuerte que me aprisiono el pecho con los brazos con miedo de que se me salga del pecho. 
Una respiración, dos respiraciones, tres respiraciones, cuatro respiraciones,…
Ya no se escucha nada. Ni mi corazón a punto de abandonar mi caja torácica, ni mis rápidas respiraciones, ni el sonido de la ciudad. Intento visualizar algo entre los huecos de los cubos pero no consigo ver más que un muro igualito al que estoy apoyada.
Tal vez debería levantarme, y si se ha ido….
Algo estalla a mi derecha y yo salgo volando por los aires. Aterrizo sobre el suelo y me raspo la cara con el suelo. Los cubos de basura han explotado y ahora están envueltos en llamas.
No estoy sola, nunca lo he estado.
Me consigo levantar a pesar de los crujidos de mis huesos y  sin pensarlo más echo a correr.
Me meto por en la boca oscura del callejón  y tuerzo a la derecha donde ahí un cruce. Corro un buen trecho y vuelvo a meterme en otra desviación. Con ayuda de las manos consigo agarrarme a una verja y saltar un desnivel aterrizando un metro más abajo. No puedo pararme ahora.
Las calles están vacías y sólo se escuchan el ruido de mis zapatillas chocando contra el suelo.
Sólo mis pasos.
Dejo de correr y me doy la vuelta. No hay nadie. Lo he dejado atrás.
Miro a todos lados pero no se ve ninguna luz, sólo la luz de la farola. 
Una farola, no.
Empieza a parpadear. 
La luz de la bombilla empieza a agrandares, hasta convertirse en una bola de luz que se contrae. 
Mierda.
Me voy la vuelta antes de ver como vuelve a tener forma humana y sigo corriendo. Corro calle abajo y me llego a un parque. Los columpios que horas antes habían estado atestados de niños ahora son movidos por el viento.
A ese mismo parque he ido muchas veces a correr y se puede decir que lo conozco como la palma de mi mano. La salida no está lejos. Puedo atravesar los aseos, despistarle y escapar por la verja que tapa los árboles. Eso me haría ganar tiempo, o perderlo.
Tuerzo a la derecha, dirección de los aseos y consigo vislumbrarlos. Pero una luz me atraviesa y acaba rodeándome. Intento seguir corriendo la bola de luz acaba encerrándome por completo. No puedo mover las piernas. Empiezo a gritar pero mi voz resuena en mi cabeza y me retumba los odios. 
Esto no puede estar pasando. 
Golpeo el aire con las manos, pero se estampan en algo sólido. Pego una patada  y mi pie se estampa con algo. Pego las manos a la luz y la recorro con los dedos.
Eso no es una bola de luz, ni siquiera un sueño. Es una cúpula. 
Y yo estoy encerrada en ella.

No creo que la cúpula sea transpirable, así que dentro de poco tiempo acabaré por quedarme sin oxígeno. Y entonces todo lo que he hecho sería en vano. Mi existencia se resumiría a la nada.
Cierro los ojos fuertemente y empiezo a contar respiraciones. Dentro de poco ya no podré hacerlo.
Una respiración, dos respiraciones, tres respiraciones,…
No. No puedo quedarme encerrada y quedare con los brazos cerrados viendo como me consumo con ella. Si voy a morir no va a ser hoy. 
Abro los ojos, la cúpula sigue ahí. La tanteo con las manos buscando un punto débil que no encuentro. Todo tiene punto débil. Si golpeo fuerte puede romperse. La luz no es irrompible.
Respiro hondo y pego con todas mis fuerzas mi puño contra la cúpula. Un crujido resuena. Me miro la mano esperando ver un hueso roto pero sólo tiene un poco de sangre. Miro a la cúpula. Donde he golpeado, a través de la sangre de mi mano, hay grietas negras. La cúpula se estaba rompiendo. Miles de grietas negras rompen la luz. De repente miles de cristales dorados explotan y me tiro al suelo. 
Abro poco a poco los ojos y miro a mi alrededor; vuelvo a estar en el parque. No hay cúpula.
Me levanto lentamente y me quito los cristales que se han quedado impregnados en mi ropa y mi pelo. Estoy sola. 
Me agacho y cojo un trozo de cristal. Ahora es negro.
 Parece que ha llovido cristales negros. Hay cristales por todo el suelo, los árboles, los bancos, incluso más allá cerca de la fuente. Tiro el cristal al suelo y comprobando que no hay nadie vuelvo a correr, esta vez a la salida.

Rodeo un coche y giro a la izquierda, la salida del pueblo. A lo lejos de la carretera rodeada de árboles y bosque, está el cartel que me aleja de todo. Comienzo nuevamente a correr pero algo pasa: de repente mis piernas fallan. Intento agarrarme a algo pero acabo cayendo por la ladera. Contengo el grito,pero es inminente. 
 Ya que lo hacen tantas veces en las películas, pensé que sería fácil, pero duele, y mucho. Cuando finalmente quedo tirada en suelo firme, me duele cada uno de los huesos y músculos del cuerpo. Sin exagerar. 
Consigo estabilizarme e incorporarme un poco, aunque mi cuerpo apenas responde.
Un sonido resuena en la espesura del bosque. Y miro hacia arriba.
A lo alto de la ladera, vigilando me desde lo alto, está la sombra de luz. 
Intento levantarme pero acabo cayendo. Con ayuda de las manos, me echo hacia atrás todo lo que puedo; las palmas de las manos me arden. 
La luz empieza a parpadear, descendiendo poco a poco. Me echo de nuevo hacia atrás pero me clavo algo en las manos y acabo gritando. La sombra de luz está pasando la distancia que nos separa. 
En unos pocos segundos estará sobre mi. 
Por primera vez no tengo ganas de gritar. No tengo ganas de llorar. Sólo siento odio. Odio por todo. Por todas las mentiras, todos los insultos, todo lo que no sé.
Tal vez no debería haber huido de casa, o tal vez esto era lo que me esperaba esta noche.
La muerte.
-!NOOOOOOOO¡
Una sombra oscura se abalanza a la velocidad de la luz sobre la sombra de luz y acaban los dos peleando en el suelo. La pelea es un revoltijo de luz y oscuridad parpadeantes.
Sin dejar de mirarlos consigo levantarme . La carretera está a solo unos pasos. Voy retrocediendo poco a poco, sin hacer ruido. Siento pinchazos en la pierna y dolor que me traspasa. Estoy sangrando. Consigo llegar cojeando a la ladera y agarrándome de ramas voy subiendo lentamente. Me muerdo el labio intentando reprimir los gritos cada vez que algo roza mi herida. Y por fin, después de todo lo sufrido, piso cemento.

El motel solo se encontraba a unos pocos kilómetros tras pasar el cartel. Al principio parecía desierto pero una ventana iluminada me decía que no. Correría pero mi pierna y todo lo demás herido me lo impide. Tengo que parecer un zombi andante.
Un hombre con unas gafas de cristales kilométricos me mira con cara de pocos amigos cuando entro en el pequeño recibidor. Su vista pasa de mi rostro a todo mi cuerpo, parándose en la pierna ensangrentada. 
Su cara de pocos amigos aumenta. Debo tener un aspecto horrible. 
-¿Que te ha pasado? 
Por un segundo dudo. ¿Qué puedo contestar? ¿Una sombra me ha perseguido por toda la ciudad pero luego otra sombra me ha salvado y aquí estoy pidiendo refugio? Por favor. Tiene que creerme. Y lo hará.
- Mientras venía hacia aquí he tropezado y he caído ladera abajo. 
La cara del hombre cambia y me sonríe. 
- Oh, valla, ¿y te encuentras bien? -¿pero que ....?- Tenemos un botiquín muy capacitado aquí, por sí lo necesitas. Mira -se agacha, desaparece tras la gran mesa, y aparece con una caja blanca en la mano-, esta es. Puedes llevártela y después traerme la cuando ya no la necesites. 
Intento sonreír y dar las gracias pero no me sale. ¿Pero qué demonios está pasando? 
Pienso en preguntarle si sufre bipolaridad pero me lo guardo. Rebusco en mi mochila el dinero y me acerco a la mesa.
- No, no. -miro al hombre, que está negando con los brazos- puedes pagar mañana, cuando estés ya recuperada de la caída. 
Cierro la mochila y asiento lentamente con la cabeza. 
El hombre me acerca una llave. 
- Hoy dormirás en la habitación 14. Sólo tienes que subir esa escalera de ahí -dice señalando por la ventana- y la segunda puerta. 
Cojo la llave y el botiquín y salgo lo más rápido que puedo de allí. 
- Que tenga una buena noche, señorita Ana. 

'Señorita Ana'. Repaso nuestra conversación en mi cabeza pero no recuerdo que le haya dicho mi nombre. No lo he dicho. Ni siquiera lo he pensado. ¿Entonces como lo sabe? Tal vez sea un acosador,  o tal vez esto no sea nada más que uno de esos estúpidos sueños y acabe despertando.

 Mi cerebro está muerto. No encuentro nada racional en mi vida. Una sombra de luz me ha perseguido, he roto una cúpula que ha parecido de la nada con sólo un puñetazo, una sombra ha atacado a la otra sombra y me ha salvado, un hombre que nunca he visto sabe mi nombre, estoy  sola y perdida en una habitación de un motel donde perfectamente pueden atacarme de nuevo, nadie sabe dónde estoy. Y tengo miedo. Tanto miedo que ni siquiera se sí estoy muerta o algo intermedio. No debería haberme ido. Soy estúpida. Pero estoy tan cansada. Tan infinitamente cansada, que me quedo dormida en una esquina agazapada en el suelo.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Libro 1: LA LLAMADA. Capítulo 2.

Los días siguientes todo empeoró. Yo empeoré. A mitad de la noche me despierto asustada y siento que alguien me vigila, pero mi habitación está vacía. Continuamente me dan dolores de cabeza que parece que el cerebro me va a explotar bajo el cráneo. Me siento enferma todo el tiempo, cómo si todo mi cuerpo ahora pesase veinte kilos más y el aire fuese denso. Y todas las veces que cierro los ojos una pesadilla me aborda. Ya no camino por esos bosques dorados, sino por lugares llenos de desesperación y muerte.
Creo que me estoy muriendo.
Mis padres han acudido a médicos, pero yo siempre los rechazo. No pueden ayudarme. Una jeringuilla con una droga dentro no va a hacer que todo esto desaparezca.
Dicen que me vendría bien un poco de aire fresco, pero tengo miedo de salir. Me siento todo el día observada en mi propia habitación, no puedo pensar como me sentiré fuera.
El hecho de que esté todo el día en mi cama, observando el techo, ha hecho que me replantee unas cuántas cosas. El porqué de que toda mi familia tenga el pelo rubio y yo castaño, el porqué de que soy un bicho raro, el porqué de mi existencia. No sé si quiero saber las respuestas. O sí.

Mi madre está doblando ropa limpia en mi armario. Me ha traído una taza de sopa caliente porque me volvía a dolor la cabeza y unas cuántas pastillas que estaban enrolladas en una servilleta. Cuando mi madre se acercó a mi cama, y vi su rostro, no pude replantearme otra vez  la pregunta.
Su pelo dorado estaba recogido en un moño desaliñado y muchos mechones se le caían por el rostro. Sus ojos verdes brillaban por la luz que se filtraban por la ventana. Ella es tan hermosa, que ni siquiera aparenta su edad.
-Mamá, ¿porqué no me parezco a ti?
Mi voz resonó en la habitación y ella se quedó quieta a los pies de la cama, sin apenas pestañear. Cuando se recompone, se pasa la mano por la cara y se sienta a mi lado.
-¿Qué clase de pregunta es esa, señorita?- a pesar de que sonría, tartamudea.
Me replanteo la pregunta, pero sólo hay una respuesta.
-No me parezco a ti.
Mi madre, como si fue algún modo ya sabía lo que diría, dejó de sonreír y apartó la mirada. Y, por primera vez en mi vida, no sabía quién era la mujer que estaba sentada a mi lado.
-Creo-traga saliva y toma una buena bocanada de aire-, que deberíamos esperar a tu padre antes de tener esta conversación.

Las cuatro horas que tuve que esperar antes de poder escuchar la puerta al cerrarse fueron interminables. Escuché como mi madre corría al encuentro de mi padre y como cuchicheaban antes de que llamaran a mi puerta y apareciera mi padre, seguido de mi madre.
Rápidamente me incorporo y aguanto la respiración hasta que mis padres se sientan en mi cama.
Mi padre se moja los labios y respira hondo antes de mirarme y cogerme la mano, su voz era insegura.
-Hemos esperado a que fueras lo bastante mayor para que puedas comprender lo. -baja la vista y mira a mi madre, que está mirando al suelo.- No eres realmente nuestra hija.
Y el mundo explota.
Mi madre alza la vista y me mira pero yo sólo veo vacío. Entonces me doy cuenta de que estoy llorando, porque sé que tienen razón. Ellos no son mis padres.
-¿Quiénes son mis padres?
Ellos se miran y ahora mi madre habla.
-No lo sabemos. Verás, hubo un incendio de un bosque, no muy lejos de aquí, tu apareciste entre las llamas. Pero, esto no significa que no seamos tus padres. Lo somos. Y tu eres nuestra hija. No importa nada de esto.
A pesar de que quiero creerles, no puedo.

No serían más de la una cuando me levanto. Me visto rápido con unos vaqueros, una sudadera y me pongo las deportivas. Cojo una mochila y meto en ella lo indispensable: bastante dinero, ropa, una manta y una linterna. Salgo de mi cuarto sin mirar atrás y bajo las escaleras en silencio. De la cocina cojo bastante comida y una botella de agua. Abro la puerta principal y me pongo la capucha. No pienso dejar una nota como en las películas. Cierro la puerta.
El primer problema de escaparte de casa es que no tienes a dónde ir, y más si eres alguien como yo ,sin amigos, el problemas es más grande aún, pero no pienso volver. Al final del pueblo hay un motel de mala muerte pero es lo mejor que tengo, pasar una noche allí no me va a matar.
 Las calles están desiertas, salvo por dos o tres coches que de vez en cuando pasaban. Intento caminar rápido pero no puedo porque me tambaleo. Todavía no me he recuperado. A pesar de que la noche es fresca, el aire es denso y dificultoso para respirar.
Al pasar por un parque me empieza a explotar la cabeza de nuevo y acabo de rodillas en el suelo. Intento no gritar y cierro fuertemente los ojos. De repente el dolor se va y yo me quedo sin respiración. Me incorporo lentamente y miro al rededor por si alguien me ha visto. No hay nadie.
 Más allá del parque, en el camino que he dejado atrás, hay algo raro. Al principio es una luciérnaga, después empieza a parpadear. La luz se contrae agrandándose, chispas de luz brotan de ella, hasta que se forma el cuerpo de un humano.
Me levanto intentando no caer y empiezo a correr.

Libro 1: LA LLAMADA. Capítulo 1



Estaba en el cielo. O eso era lo que parecía. El sol parecía dorado, los árboles eran verdes brillantes y estaba repleto de colores dorados. Yo estaba corriendo, mientras alguien me perseguía. Pero yo reía, y mi perseguidor también. Seguía corriendo. Él empezó a acelerar el paso así que yo acelere también. Y él, nuevamente, empezó a reírse.
-No podrás correr, Ana. Siempre te encontraré.-dijo el mientras un sentimiento desconocido se apropiaba de mi y una mano cogía la mía.

El ruidoso despertador retumba en mi cabeza como un martillo mientras yo gruño y me tapo la cabeza con la almohada. 
Otro sueño. Otra noche igual. 
Todas las noches son así. Sueños extraños que parecen recortes de películas. No se exactamente cuando empezó esto, ya que recuerdo un sueño que tuve con nueve años así que es posible que también haya tenido sueños antes. Mi perseguidor empezó a salir en mis sueños hace dos meses. En casi todos los sueños está persiguiéndome, y yo huyendo de él. Pero nunca recuerdo su rostro. Intento hacerlo pero cuando lo intento todo se vuelve borroso.
-¿Ana, te has levantado?-grita mi madre desde abajo
Cierto. El instituto. Ese edificio mundano en el que se aprende cosas. Pero digamos que ese edificio horroroso no tiene nada que enseñarme. Por decirlo así, ya las sé. Es algo curioso. Más bien algo friki. Es como sí tuviese una Wikipedia en mi cabeza. No hace falta que este atenta en clase, ni que estudie, es como sí todas las respuestas que necesito aparecieran por arte de magia en mi cabeza. Según dicen mis profesores yo ya debería haber terminado la universidad con mis conocimientos. Pero a pesar de todos los intentos, sigo yendo al instituto. No quiero ser otro bicho raro en la universidad. 
Ya tengo bastante con ser la friki de mi instituto. Lo gracioso de mi situación es que mi hermana es la más popular del instituto. 
Pura ironía, mi vida. 
Ella ha tenido más novios que nadie. Nunca está soltera. Todas las del instituto cuando ella pasa le miran como sí fuera una diosa, como sí desearán con toda su alma ser ella. La idolatran. Los chicos la miran como si estuviesen desnudándola en su mente. 
Y para ella, tener a un bicho raro como hermana, es como una pesadilla sin despertar.  
Puedo vivir con eso.
-¡Ana! Como no estés abajo en menos de diez minutos no habrá desayuno para ti, ¿me oyes?
Me levanto a regañadientes y me visto. Me cepillo el pelo como puedo, cojo la mochila y abro la puerta. 
Hay mucho ruido proveniente de la cocina, como todas y cada una de las mañanas. Ya se escucha la voz de mi hermana quejándose de que el pantalón que lleva no es corto, y a mi madre contestándole que lo es. Como todos los días. Y el sermón de mi hermana sobre la indumentaria de los adolescentes atractivos que tienen mucha vida social empieza. 
Mi padre está sentado en la mesa, tapado por el periódico. Seguramente está fingiendo que está leyendo el periódico para que mi madre no le meta en la discusión. En eso estoy con él. 
Me deslizo en la cocina y cojo unas cuantas tostadas y un poco de café y me siento en la mesa.
-Mira a tu hermana. Ella no ella esa ropa que llevas.-dice mi madre señalándome con el dedo.
-Pero ella es una marginada social, mamá. ¿No la ves? -intento no darme por aludida.-Ella no tiene amigos, yo sí. Y muchos. No me puedes comparar con Ana, mamá. Eso sería caer muy bajo.
Ya está. La cosa que faltaba en mi rutina. El insulto de mi hermana. Ya tengo la mañana completa.
Hago lo que normalmente hago, fingir que no escucho nada y seguir desayunando. Termino de desayunar y mi hermana y mi madre siguen peleándose por el armario de mi hermana y ahora por culpa de mi madre se había tenido que entrometer mi padre. Miro el reloj. Todavía falta más de cuarenta y cinco minutos para el instituto. Pero yo no duro cinco minutos más aquí. Me cuelgo la mochila al hombro y me alejo de la cocina.
Me acerco a la puerta y me doy la vuelta para despedirme, pero todos están enfrascados en una conversación a gritos y nadie repara en mí. No puedo apartar la mirada hasta unos instantes después. Ellos parecen tan...normales. Una simple pelea familiar. Yo nunca he tenido eso.  
Suspiro y cierro la puerta, dejando atrás los gritos de la cocina.
 Exactamente no sé a donde ir. Otra cosa en mi asquerosa rutina. El instituto está lejos de mi casa, así que se tarda media hora andando. Y aunque se tarda diez minutos en coche yo siempre voy andando, a pesar de las continuas charlas en las que mi madre dice que puede llevarme. Aunque yo se perfectamente que no estaría muy feliz si lo hiciera. 
Empiezo a caminar y no puedo evitar mirar a mi alrededor. Mi calle se compone de dos filas de casas muy similares unas de otras. Con su típico césped impoluto y su coche aparcado delante. Cada tres metros en la acera aparece un árbol, que seguramente pusieron para darle decorar la aburrida calle. Hay muchos coches aparcados en la acera y eso hace que el aire se vuelva más pesado. ¿Porqué necesita la gente tantos coches? 
Bajo la vista a mis zapatillas y al suelo. Mis viejas zapatillas hacen un extraño ruido al chocar con el suelo. Mi madre ha intentado un millón de veces convencerme de que me comprará los zapatos que quiera, pero nunca lo logra. Están ya algo rayadas y gastadas pero me gusta. Se siente mío, es algo que realmente me pertenece. 
¿Dónde estás? Un susurro se queda disuelto en el aire como si viniera de mi espalda y me doy la vuelta. Sólo está uno de esos árboles deprimentes. ¿Qué ha sido eso? 
Miro al porche de la casa que está enfrente pero está desierta. No hay nadie. 
-Perfecto, ahora imagino cosas. 


Al doblar la calle ya se escucha el bullicio que el instituto desprende. Los populares y guapos del instituto son los únicos que están afuera esperando hasta que toque el timbre y entren para no hacer nada. Vislumbro a mi hermana rodeada por un círculo de gente mientras James Botton la agarra  de la cintura. Es su novio de ahora, el capitán del equipo de fútbol. Creo que esta es la cuarta vez que salen. Nuevamente no durarán ni una semana.
Me voy hacia la puerta y entro. Los pasillos están abarrotados y hay mucho ruido. Grititos de chicas porque no se quién las besó el otro día, risas de chicos que se ríen por no sé qué tontería, conversaciones incoherentes... Intento volverme sorda y llegar a mi taquilla sin tener que enterarme de todo lo que les pasó en el fin de semana. Me golpeo la cabeza contra la taquilla y me intento tranquilizar. “No sé qué demonios estoy haciendo aquí.” Respiro lentamente y abro la taquilla.
¿Quién eres?
Los libros que tenía en la mano se me caen, golpeando fuertemente el suelo. Escucho algunas risas a mi espalda pero después todos vuelven a la normalidad. 
Parece un susurro rodeado de un sonido metálico, como si fuese el filo de una cuchilla arrastrándose por piedra. Era la misma voz de antes. Respiro lentamente y empiezo a analizar: es una voz de hombre, joven. Pero no es ninguna voz de alguien que conozca. Pero la he escuchado en algún sitio.
¿Quién eres tú?” pensé, deseando que alguien me contestara. Nadie lo hizo.

El timbre sonó y todos entramos cabizbajos en nuestras respectivas clases. Ahora tenía Cultura antigua. Así que entre en la clase y me senté en la última fila al lado de la ventana. Los demás alumnos entraron en clase y se sentaron en sus sitios sin ni siquiera mirar a la chica del final que los miraba. Mejor así. Elisa Mcdonell se sienta a mi lado como de costumbre y me sonríe.
-Hola.
Sonrió y le devuelvo el “hola”. Elisa es una especie de empollona que le cuesta estudiar que se sienta a mi lado para ver si así le traspaso la inteligencia o aprende de mi o algo así. No la comprendo, pero es simpática.
El profesor entra, corriendo como siempre, saluda torpemente y empieza la clase. Todo el mundo saca sus cuadernos y sus libros y yo saco mi cuaderno de dibujo. Vuelvo a recordar el bosque dorado y lo dibujo intentando hacer los más minuciosos detalles. Cuando termino, me quedo mirando el dibujo. No sé porqué siempre hago esto. Después de un sueño lo dibujo y me quedo mirándolo como si todas las respuestas de mis preguntas aparecieran, pero nunca ocurre. Cierro el cuaderno y miro por la ventana. Los coches de los profesores están perfectamente alineados en sus respectivas plazas de aparcamiento. Que hermoso.


Suena el timbre que dice que es hora de comer y salgo fuera. Me siento en un banco algo oxidado y saco mi cuaderno de dibujo. Intento pensar en cómo era el rostro de mi perseguidor rostro y empiezo a dibujar. El contorno de la cara no encaja con la forma de sus ojos. Así no es. Arranco la hoja violentamente y la tiro.
-¿Porqué no te recuerdo?
Me restriego la cara con las manos y apoyo la cabeza en las rodillas. No entiendo como puedo recordar hasta la forma de las hojas pero no puedo recordar un misero rostro. Es frustrante.
 Cierro los ojos y me apoyo en el respaldo del banco. 
Tal vez lo mejor que tengo que hacer es olvidarlo. Son solo sueños, al fin y al cabo. Cojo de nuevo el cuaderno y empiezo a dibujar todo lo que tengo delante: habrá unos cientos o por esa cantidad de coches, unos más baratos, otros más caros; otros más viejos, otros más nuevos, unos cuantos árboles que tienen el tronco pintado con grafitis en los que se revelan contra el instituto y los profesores, y no mucho más. Me río cuando me doy cuenta de que en uno de los grafitis está dibujada mi hermana pero desnuda y caracterizada. “Cuanta imaginación”. 
Me vuelvo a reír más fuerte pero paro, el árbol donde antes estaba mi hermana ahora parece un borrón de colores.  Siento que mi peso a disminuido y me agarro al banco con las dos manos. Cierro los ojos y respiro lentamente pero todavía siento como si mi cuerpo se estuviese moviendo, hasta que ya no siento nada.

La  tan famosa taberna 'El cuerno' ahora era el campo de batalla de los continuos borrachos que acababan olvidando su nombre a la décima copa. Pero, ¿acaso no todo el mundo quería olvidar su nombre? Las personas sin rango ni futuro se ocultaban en los sitios más inmundos; y las personas que lo tenían se peleaban entre sí. Ese no era un buen año. Como los dieciséis años pasados. Ya nada crecía ni fertilizaba, muchos lagos se habían secado, y el número de muertos subía cada vez más. Muchos acababan con sus vidas por la locura de la espera. El bello reino ahora era un caos sumido en la desesperación. Sólo quedaba una débil luz que los iluminaba, la esperanza. Y el pensamiento de que tal vez ya quedaba menos para lo que se avecinaba, la Llamada. 
Me despierto gritando tirada encima del banco que hay a la salida del instituto. Mi pulso va a cien por hora y mi respiración igual así que intento respirar más lento, pero no disminuye porque no puedo respirar. Intento buscar aire pero no encuentro nada. Me agarro fuertemente al banco porque todo vuelve a moverse. “Ana, respira. Sería muy patético morirse ahogada encima del banco del instituto” Mi cuerpo empieza a temblar y el miedo me acorrala. Tengo que respirar. Mi visión empieza a oscurecerse y mi pulso baja a presión. Mis ojos pesan toneladas y noto que me desvanezco, de nuevo. 
Aparezco en un lago, en el bosque dorado. El agua es cristalina, tan cristalina que parece un espejo. Me acerco al agua y veo un reflejo en ella. Es una chica. Su pelo castaño tiene reflejos dorados, cayendo sobre sus hombros como una cascada. Es alta y su cuerpo es atlético, además es hermosa. Tiene un extraño traje negro lleno de sangre con un cinturón del que cuelga una espada y cuchillos. Pero lo peor son los ojos. Son marrones claros, increíblemente hermosos, pero una aura dorada contrarresta el marrón. Es como si fuesen dorados. El color del sol fundido con el color de la tierra. Tiene una herida en la mejilla y la sangre gotea sobre su traje. Noto como algo empieza a deslizarse por mi cuello y alargo la mano para quitarlo. Mi mano está roja. “No puede ser” Miro hacia mi ropa y está llena de sangre. Las manos y las piernas me empiezan a doler y me siento rara. Una sensación rara me acorrala y pienso que es la muerte. No. No puedo respirar. Me desmayo sobre el suelo y mis pulmones explotan. No soy yo. Alguien grita mi nombre y veo una sombra sobre mi. “No, no, una sombra no...”
-Ana.-susurra.
Sé que es él. ¿Qué haces aquí?
-Ana. Vamos, respira.-grita desesperado.-Vamos, Ana. No puedes irte así. No antes de que yo...
Mis oídos explotan.
-Ana...spira....
No puedo
-Ana, vive por mí.
Respiro.
*
La enfermería parece ser una sala con una camilla, dos sillas, y muchos estantes. Nada más. Bueno, también hay una enfermera. La enfermera Calder. Una mujer joven que parece ser una modelo pero con depresión. Me habla pero yo me he quedado sorda. “Vive por mí”. Esa frase se repite una y otra vez en mi cabeza. 
Lo he hecho. He vuelto a respirar. Ha sido como si de repente todo el aire que antes había desaparecido volviera. 
La enfermera me da señales de que apoye la cabeza en la pared, así hago y cierro los ojos. Intento dejar mi mente en blanco pero no puedo. He estado apunto de morirme, no puedo dejar la mente así. “Apunto de morir...”
-Ana, ¿cómo te encuentras? 
Me sobresalto y abro los ojos. No sabía que seguía ahí.
-Mejor, creo.
La enfermera Calder sonríe, está blanca como la pared. 
-He llamado a tu madre. Ella vendrá dentro de poco a recogerte.
Suspiro y asiento mientras susurro un “gracias” que al parecer no escucha y se va. Me quedo sola. La cabeza me empieza a doler y vuelvo a cerrar los ojos. “¿Qué me está pasando?”
-Ana. Vamos. Despierta.
Abro los ojos y me encuentro cara a cara con el rostro preocupado de mi madre.
-Hola, mamá.
Mi madre suspira y me abraza.
-Me he asustado. Me han dicho que llegaste a la enfermería como si estuvieses medio muerta. La enfermera se asustó porque pensaba que te estabas muriendo. 
Dejo de abrazarla y me echo hacia atrás. 
-¿Muriendo?
-Si, cariño. ¿Qué te ha pasado?-me pasa las manos por las mejillas y veo que está casi llorando.-La enfermera me dijo que estabas pálida como la pared y que te desmayaste.
Frunzo el ceño en un vano intento de recordar pero sólo recuerdo el sueño, y la luz que vino cuando éste terminó. 
-No recuerdo...
Mi madre me mira y me vuelve a abrazar.
-No te preocupes. Vamos a casa y descansas y verás como te recuperas.
Asiento y sonrío, aunque sé perfectamente que dormir solo hará que empeore.

Libro 1: LA LLAMADA. Prólogo.


 

El rey apretó fuertemente los puños y dejó que el dolor le atravesara el cuerpo. Los gritos en la habitación continua no cesaban, y él gritaba por dentro. ¿Cuándo acabaría esto? Su corazón latía a una velocidad inimaginable mientras los minutos pasaban. El rey se centró en respirar lentamente, controlando cada exhalación, contando cada respiración. Debía relajarse.
Los gritos cesaron, y el rey dejó de respirar por un minuto. Abrió la puerta rápidamente, y allí se encontraba su esposa. Pálida como la cal, cubierta de sudor, mientras sonreía a un bulto que sostenía entre los brazos. El rey se quedó de piedra, mientras observaba. Su esposa levantó la cabeza y vio que estaba llorando, a pesar de sonreír. El rey caminó velozmente y se arrodilló al lado de su esposa.
-Es una niña.-susurró Elisa, riendo.
Bajó la vista hacia el bulto que sostenía Elisa y se quedó nuevamente de piedra. Era el ser más hermoso que había visto. Tenía una cara algo regordeta y muy pálida, unos labios finos increíblemente rosados y unos ojos marrones que parecían dorados. Y ella le miraba. Sus ojos dorados le perforaban el alma mientras unas lágrimas cayeron de sus ojos. El rey empezó a reírse fuertemente mientras más lágrimas caían. Se agachó hasta su hija, le apartó mechones marrones de pelo mientras le besaba la frente.
-Edward, - el rey se giró y vio que el rostro de su esposa estaba repleto de lágrimas, también- es hermosa.
El rey asintió y sonrió, acariciando el rostro de Elisa.
-Ella no puede morir. Y menos a mano de...-Elisa comenzó nuevamente a llorar y el rey la abrazó.
-No le va a pasar nada. Antes moriré yo mismo.
-Pero...la Profecía.-susurró Elisa.
El rey miró a su hija y se limpió las lágrimas.
-Si alguien tiene que morir, será la hija de la oscuridad. No mi hija.
Apurando el poco tiempo que quedaba, Edward le susurró su plan, el plan de salvar lo poco que le quedaba, su hija, y ella asintió. Abrazó fuerte a su hija, diciendo adiós, y la besó en la cabeza. El rey cogió fuerte a su hija y avanzó rápido hasta la torre. Allí le esperaba Habna, con una capa negra cubriéndole el cuerpo.
-Rápido, ella ya habrá nacido también. Tenemos que sacarla de aquí.
Habna asintió y se colocó en medio de la torre.
-Hija mía, no importa lo que esté escrito en ese libro, tu vas a acabar con ella. Serás tu la que viva. Tú serás quien nos salve, quien salve a todos.
El rey acarició la mejilla de su hija, y le besó la cabeza. La niña empezaba a llorar y Habna la cogió en brazos.
-Es hora de irnos.-dijo al rey.
Éste asintió y se echó hacia atrás, con lágrimas en los ojos.
-Una última cosa. ¿Cuál es su nombre?- preguntó Habna.
-Arya.-susurró el rey antes de ver una luz dorada llegar del cielo y llevarse a la anciana y a su hija.

Dos niñas nacerán un mismo día, en una noche nublada, donde ni el sol ni la luna estén, ni luz ni oscuridad.
Una será la luz, otra la oscuridad. Una será un ángel, otra un demonio.
Un alma inocente pero perdida aparecerá entre ellas, y ellas deben guiarle a donde procede. Esa alma salvará a una, pero traicionará a otra.
Las dos, dos almas unidas por el destino pero separadas por la muerte, lucharan por su bando, la luz o la oscuridad, para salvar el mundo o para destruirlo. Pero una de ella caerá a manos de la otra.